martes, 1 de septiembre de 2026

La Bassa de La Mussara: cuando el agua era un bien imprescindible

 

La Bassa de La Mussara: cuando el agua era un bien imprescindible

La comunidad de la Mussara: Historias de un pueblo abandonado (Facebook).


La Bassa de La Mussara. Fotografía del autor.
 

Quien haya visitado La Mussara seguramente la habrá visto.

Junto a las ruinas del antiguo pueblo, muy cerca de la iglesia de Sant Salvador, permanece todavía una gran balsa de agua que constituye uno de los elementos más reconocibles del lugar.

Hoy podemos contemplarla simplemente como una parte más del paisaje. Sin embargo, cuando La Mussara estaba habitada, aquella balsa tenía una importancia muy diferente.

En un pueblo de montaña situado a casi mil metros de altitud, donde el agua nunca fue precisamente un recurso abundante, disponer de ella era una necesidad que condicionaba buena parte de la vida cotidiana.

Un pueblo con poca agua

La escasez de agua fue uno de los grandes problemas históricos de La Mussara.

El antiguo término contaba con algunas fuentes, como la Font Freda o la Font del Pistol, además de otras surgencias menores. Incluso la fuente del propio pueblo tenía un caudal tan reducido que fue necesario construir un depósito para poder aprovechar el agua que iba manando lentamente.

Esta falta de agua condicionaba también la agricultura y las posibilidades de desarrollo de un pueblo cuyos habitantes tuvieron que aprender a aprovechar hasta el último recurso que les proporcionaba la montaña.

Y en ese contexto debemos entender la importancia de la Bassa.

Recoger el agua del cielo

La Bassa permitía almacenar el agua procedente de la lluvia.

Puede parecernos algo sencillo visto desde nuestra época, acostumbrados a abrir un grifo y disponer inmediatamente de agua, pero para una pequeña comunidad de montaña disponer de un lugar donde acumularla suponía contar con una reserva fundamental.

Uno de sus usos más importantes era abrevar al ganado. Ovejas, cabras y los bueyes utilizados para trabajar los campos formaban parte de la economía de La Mussara y necesitaban, evidentemente, agua. La documentación sobre el pueblo identifica precisamente la Bassa como el lugar donde se recogía el agua de lluvia para dar de beber a los animales.

Pero alrededor de aquella lámina de agua ocurrían también cosas mucho más cotidianas.

Un lugar de encuentro

Resulta fácil observar actualmente la Bassa y pensar únicamente en su utilidad. Sin embargo, cuando quedaban habitantes en La Mussara también formaba parte del espacio social del pueblo.

Ramon Gomis, recordando La Mussara de su adolescencia, describió la Bassa como el lugar donde abrevaban los animales domésticos y donde, al caer la tarde, se reunían las dos familias que todavía permanecían en el pueblo.

La imagen resulta especialmente evocadora.

Podemos imaginar los animales acercándose a beber, las últimas familias conversando junto al agua y, detrás de ellas, las casas y la iglesia de un pueblo que se encontraba ya en los últimos años de su existencia.

La Bassa no era solamente una reserva de agua.

Formaba parte de la vida de La Mussara.

Las ranas de La Mussara

Y el agua nos conduce inevitablemente hasta uno de los elementos más curiosos relacionados con el pueblo.

Los habitantes de La Mussara eran conocidos en los pueblos vecinos con el apodo de «ranas». La presencia de estos animales en la Bassa forma parte desde hace mucho tiempo de la imagen y del recuerdo del lugar.

De hecho, todavía hoy la Bassa continúa ofreciendo refugio a los anfibios.

En mayo de 2010 se documentó allí un ejemplar adulto de gallipato (Pleurodeles waltl), acompañado de una rana verde ibérica. El hallazgo resultó de interés científico por encontrarse a unos 970 metros de altitud y representar entonces un registro especialmente septentrional de la especie en Cataluña.

Curiosamente, mucho después de desaparecer los habitantes, la Bassa continúa teniendo vida.

 
La Bassa de La Mussara. Fotografía del autor.

La Bassa que sobrevivió al pueblo

Las casas de La Mussara fueron perdiendo sus tejados. Los muros comenzaron a derrumbarse. Los campos dejaron de cultivarse y la vegetación fue ocupando poco a poco buena parte de los terrenos que durante generaciones habían sido trabajados por sus habitantes.

Pero la Bassa permaneció.

Todavía hoy constituye uno de los puntos más fáciles de reconocer cuando observamos fotografías antiguas del pueblo y las comparamos con imágenes actuales. Junto con la iglesia y su campanario, nos ayuda a orientarnos y a reconstruir mentalmente dónde se encontraba aquella La Mussara que ya no existe.

Quizás por eso merezca la pena detenerse unos minutos frente a ella la próxima vez que visitemos el pueblo.

Porque aquella agua estancada que hoy podemos contemplar junto a las ruinas fue, durante generaciones, parte de un recurso imprescindible para quienes vivían allí.

Los animales bebieron de ella.

Los últimos vecinos se reunieron junto a ella.

Las ranas encontraron allí su hogar.

Y mientras buena parte del pueblo desaparecía, la Bassa permaneció en el mismo lugar.

Como uno de los últimos testigos de aquella Mussara que todavía estaba llena de vida.

 

Fuentes y documentación

Para la elaboración de esta entrada se han consultado materiales del Ayuntamiento de Vilaplana sobre las formas de vida y los recursos hídricos de La Mussara; el programa Perduts en el temps, de RTVE; el testimonio de Ramon Gomis recogido en Cròniques de la Costa Daurada (1992), reproducido por Endrets; y el trabajo de Albert Masana y Eduard Filella sobre la presencia de Pleurodeles waltl en la Bassa de La Mussara.